Espacios versátiles, flexibles e indefinidos, hacia una arquitectura doméstica sostenible y resiliente.

[Publicado originalmente en Poch, Marta, editora: Vivienda en el área metropolitana de Barcelona 2015-2024. Barcelona: IMPSOL-AMB, 2024.
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Los proyectos del IMPSOL presentados en este libro marcan un cambio importante con respecto a las propuestas de vivienda social en el área metropolitana de Barcelona: no ha existido tanta innovación arquitectónica en este tipo de vivienda en el último medio siglo. Los proyectos de vivienda que se exponen rompen radicalmente con modelos y esquemas que llevaban décadas establecidos.
Durante los años ochenta y noventa, Barcelona destacó sobre todo por el diseño de sus espacios públicos: las nuevas instituciones democráticas, las infraestructuras, las plazas y los parques. Una arquitectura pública que captó la atención del mundo. En la primera década de los 2000, intentando seguir el modelo olímpico, se puso la atención en operaciones destinadas al consumo turístico, era la época del Fòrum Universal de las Culturas 2004. Con la profundización de la crisis económica en los años 2010, creció el interés en la vivienda social, un campo que hasta entonces había ocupado un plano muy secundario. Fue entonces cuando una nueva generación de arquitectos empezó a proyectar viviendas asequibles con más flexibilidad, mejor confort, y menos discriminación de género. Viviendas adaptadas a los nuevos tiempos en los que vivimos. Ahora, cuando muchos proyectos están ya realizados y habitados, se nos ofrece la posibilidad de apreciar, analizar y evaluar un conjunto de obras que probablemente marcarán un antes y un después en el desarrollo de la vivienda social en el área metropolitana de Barcelona.
El creciente interés arquitectónico en la vivienda social llega en un momento de importantes cambios culturales, sociales, económicos y políticos que afectan de lleno a este ámbito de acción: cuestiones como el acceso a la vivienda o el bienestar de nuestro planeta están sobre la mesa. Ante una creciente desigualdad y polarización social que coincide además con la emergencia climática, la realidad es que más arquitectos que nunca están cuestionando nuestro modelo económico extractivo y el uso desorbitado que hacemos de los recursos naturales tanto en la construcción como en el uso y mantenimiento de los edificios. Hoy en día están volviendo a aflorar algunas de las preguntas primordiales, y el hogar –el cobijo– es la arquitectura más primordial que existe.
La vivienda es un tema de alta complejidad arquitectónica y urbanística –más aún cuando se trata de vivienda social–. La mayoría de la superficie construida de nuestras ciudades está dedicada a la vivienda, que es además el lugar donde más tiempo de nuestras vidas pasamos (incluso cuando no hay pandemia). La vivienda es, por su ubicuidad, la arquitectura que más nos retrata como sociedad.
El nuevo interés arquitectónico en la vivienda está enfocado en la definición de tipologías que reconfiguran los espacios domésticos. Se está repensando la vivienda desde el ámbito más privativo posible, desde lo primordial. La unidad tipológica de vivienda es el módulo básico para configurar cualquier proyecto de vivienda colectiva, y los cambios que se realizan repercuten directamente en la configuración de nuestras ciudades. Anteriormente, los proyectos de vivienda social enfocaron la innovación arquitectónica en la volumetría y en los espacios comunitarios, cómo es lógico en una época en la cual el espacio público ocupaba el centro. Las tipologías domésticas se daban por hecho, no se cuestionaban. Los proyectos incluidos en esta publicación, sin embargo, rompen con esta tendencia con el objetivo de responder a las diferentes maneras de habitar.
Si bien en todas las propuestas descritas no se detecta una tendencia clara unificadora, sí que podemos decir que todos los proyectos comparten la inquietud por definir espacios domésticos más genéricos y más adaptables a los cambios en el tiempo y a los diferentes estilos de vida. En comparación con las viviendas sociales de épocas anteriores, documentadas en libros anteriores del IMPSOL, en esta etapa podemos percibir más experimentación en cuanto a las tipologías. La introducción de espacios más ambiguos en la unidad tipológica de la vivienda se convierte en el hilo conductor de los proyectos aquí presentados; el espacio ambiguo entendido como un espacio indefinido, sin límites claros, sin uso específico, interior, exterior o ambos, público, comunitario o privado… Esta indefinición es la que, precisamente, posibilita la multiplicidad y la libertad. Los espacios ambiguos son más versátiles al no tener que conformarse con definiciones exactas y limitantes.
La ambigüedad es una característica de nuestros tiempos inciertos e inestables. El Antropoceno, nuestra actual época geológica, está condicionada más por la actividad humana que por fenómenos naturales –concretamente por nuestras emisiones de dióxido de carbono debido a nuestro uso intensivo de energías fósiles–. Ante al cambio climático, la arquitectura tiene que responder en dos sentidos distintos: tiene que consumir menos energía en la construcción y en la vida útil de edificios, minimizando así su contribución al cambio climático, y a la vez estas construcciones tienen que ser más resistentes a las nuevas condiciones climáticas. En tiempos menos predecibles necesitamos una arquitectura más resiliente y más adaptable al cambio.
La ambigüedad arquitectónica –proyectar espacios menos estrictamente definidos y más versátiles– es una manera, entre otras, de crear edificios más adaptables a largo plazo, y por tanto más duraderos, sostenibles y resilientes.
En el caso de las viviendas sociales, cuya superficie está regulada y, por consiguiente, tienen que ser compactas y eficientes, la ambigüedad arquitectónica permite que tanto la percepción del habitante como el uso que hace del espacio sean más amplios, diversos y flexibles. Cuando se proyecta sin saber quién habitará la obra y qué necesidades tiene, como es el caso de la vivienda social, la arquitectura tiene que ser flexible y adaptable a todos los escenarios posibles. Un espacio destinado estrictamente a un uso concreto ya no sirve cuando este uso, con el paso del tiempo, deviene obsoleto. Por eso, muchos edificios racionalistas proyectados con máxima funcionalidad ya no son muy útiles hoy en día. ¿Es realmente sostenible a largo plazo que la forma responda a la función? Una arquitectura sostenible es sobre todo una arquitectura que sigue siendo útil durante mucho tiempo; una arquitectura que no hay que derribar y reemplazar cada vez que haya un cambio tecnológico o cultural en nuestra sociedad.
El nuevo interés arquitectónico en la tipología residencial es una característica del momento actual. En décadas anteriores al 2010, la tipología residencial variaba relativamente poco. Las estancias de una vivienda solían estar nítidamente separadas las unas de las otras y conectadas solo mediante un largo y estrecho pasillo. Cada función tenía su espacio determinado, y cada espacio su función. De esta manera se configuraba el típico piso de toda la vida, al cual se entraba desde un rellano de escalera y se accedía a un recibidor, que en seguida se convertía en pasillo. La primera puerta daba a un salón-comedor, el espacio más grande de la vivienda, y por tanto su estancia más representativa y pública. Su segunda puerta, sin embargo, se abría a un cuarto de cocina a menudo tan pequeño y estrecho que sólo podía trabajar una persona. Después nos encontrábamos con las puertas del baño y de los dormitorios que variaban en tamaño y situación según jerarquías basadas en la familia tradicional. En la fachada exterior de la vivienda, delante del salón, volaba probablemente un balcón de metro y pico de ancho –un poco de espacio exterior donde cultivar unas plantas, guardar trastos, o más recientemente, colocar el condensador del aire acondicionado–. Casi todos los pisos de la postguerra siguen más o menos este esquema básico, y se diferenciaban entre ellos por las proporciones geométricas y la cantidad exacta de habitaciones y baños de que disponían. La cocina aislada, el balcón estrecho, o el largo pasillo para separar habitaciones jerarquizadas formaban parte de una arquitectura incuestionable durante más de medio siglo.
Este modelo estándar del pasado ya no sirve hoy en día para la mayoría de la población. Lo primero que se percibe en casi todos los proyectos publicados en este libro es la colocación de la cocina, que ahora suele formar parte de un comedor situado en el centro neurálgico de la vivienda; las habitaciones se abren, en muchos casos, directamente a esta cocina-comedor central mediante grandes puertas dobles o correderas que permiten unir estancias, evitando así un pasillo. Por otro lado, la pieza del salón se sitúa indistintamente en alguna de las nuevas habitaciones que ahora son más grandes gracias a la eliminación del pasillo. Y el balcón se ha convertido en un espacio intermedio entre una pasarela comunitaria de acceso exterior y la puerta de acceso a la vivienda, convirtiéndose en un lugar donde el habitante puede tomar el fresco y saludar a los vecinos. Ninguno de estos espacios tiene un uso exclusivo, sino funciones diversas. Esta ambigüedad permite a los habitantes adaptar la vivienda a sus necesidades en lugar de tener que adaptarse ellos.
La sociedad de hoy es más diversa que nunca, y los arquitectos y arquitectas que proyectan viviendas sociales no saben nunca con antelación quién ocupará sus proyectos una vez realizados. En vez de proyectar, como en épocas anteriores, para el ocupante típico y que el resto tuviera que adaptarse, en la actualidad se proyecta para casi todos los posibles ocupantes buscando la máxima flexibilidad en la planta. Es cierto que antes había mucha más uniformidad social y que el ocupante típico era la familia tradicional. Ahora que la familia tradicional es cada vez más una minoría, ¿quién es hoy el ocupante típico de una vivienda?
Una señal de que la tipología de vivienda es relevante y determinante es el enfoque que esta publicación da a los proyectos. Se explican desde el interior, desde el modo de habitar, mostrando las fotos de los interiores de las viviendas, fotos que en publicaciones anteriores estaban ausentes. En décadas anteriores los proyectos sólo se mostraban con fotos del exterior del edificio o de zonas comunitarias, como escaleras, pasarelas, o patios. Este nuevo enfoque demuestra que la tipología de vivienda social es ahora considerada un campo de investigación arquitectónico.
Es cierto, como argumenta Gustau Gili Galfetti en su libro Pisos piloto: Células domésticas experimentales (1997), que muchos arquitectos de vanguardia se han interesado en la tipología de vivienda a lo largo del siglo xx, experimentando con prototipos. Pero como también demuestra este autor, estos experimentos se hicieron en muchos casos para ferias, exposiciones, clientes privados o en las viviendas de los propios arquitectos. Aquí, sin embargo, la experimentación en la tipología de las viviendas sociales está liderada por la Administración, a través de concursos bien planteados, donde los arquitectos ponen a disposición de los ciudadanos nuevas maneras de habitar; viviendas reales en las numerosas promociones que desarrolla el IMPSOL. En el mercado de la vivienda privada no existe mucha experimentación ya que supone una operación de riesgo que requiere de financiación y que tiene una preocupación añadida: la futura reventa. La vivienda social, por su naturaleza no-especuladora, es la única que emplea la experimentación arquitectónica para realmente avanzar en la calidad de vida de sus ocupantes. La vivienda social es el campo de experimentación de la vivienda en general. […]
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